lunes, 20 de enero de 2020

SALUD (Y NO ENFERMEDAD)


Un caso real y personal que viví hace pocos días:

Tiene más de ochenta años. Me enseñó muy preocupada la pantorrilla izquierda. Tenía un aspecto horrible. Parecía que la hubieran torturado. Con máquinas que las mentiras cochinas le atribuyen falsamente a la inquisición. Color rojo intenso, más marcado por donde discurren los meandros de las venas.

¿Pero qué te ha pasado?

Me costó entenderla. Hablaba de forma atropellada. Contradiciéndose. Mezclando nimiedades que no venían al caso. Como desviando la atención. Avergonzada. Sintiéndose culpable y responsable. Al final logré aclarar las cosas: se le había puesto así poco después de echarse un ungüento.

Le pedí que me lo enseñara. Era un bote alargado, de plástico fino, ricamente decorado. Un bote de calidad, caro. Ponía: medicamento natural y  homeopático -una auténtica contradicción de términos-.

¿Cuánto te ha costado esto?

Muy afligida fue al médico. Que le mandó un medicamento de verdad en forma de crema para aliviar y arreglar los estragos provocados por la primera. Se la estuvo echando tres tardes, y la pierna mejoraba visiblemente. Al hacerlo se subía la bata, y la dejaba alzada, para no pringarla. A la cuarta se trabó con la bata, y se cayó de cabeza y, literalmente, se partió la cara, un hueso del pómulo. Por los nervios, por el dolor, tras la caída, se tiró tres o cuatro horas en el suelo, arrastrándose, como un gusano --todos somos comida de gusanos-- para tocar el botón de emergencias y que fueran a auxiliarla.

Está recuperándose. Con medicamentos  y tratamientos que curan. Recetados por la ciencia.

Vive intensamente preocupada por su salud. Mientras más días le pasan por encima, mayor es su miedo.

Los días nos pasan a todos por encima. Sin darnos cuenta nos van destruyendo lentamente.

La salud se puede preservar, en muchos casos, con el saber, con la verdad. La enfermedad puede llegarnos más fácilmente cuando se creen y se siguen las mentiras cochinas.

¡Ay la medicina.... la medicina en la antigüedad! Un poco de sentido común para tratar algunas heridas superficiales, los huesos rotos, y alivio para enfermedades menores, todo mezclado con mucha superchería y superstición. Los barberos eran carniceros que curaban algunas heridas. Los médicos astrólogos que daban esperanzas pero no curaban nada. Y sangrías. Muchas sangrías. Para todo desangraban a los pacientes.

¡Suerte hemos tendido de no haberla sufrido!

Ahora nos bombardean las noticias con una posible plaga de un coronavirus. Nos muestran imágenes de ciudades chinas desiertas. Recluida la población por temor a una plaga. Actualizo: Tenemos una plaga de coronavirus.

Quien no conoce:


Causó la muerte, según los cálculos más bajos, de al menos un tercio de la población europea, y más probablemente casi la mitad, si no más. En menos de dos años. Imaginen: la mitad de los habitantes de su pueblo o su ciudad se mueren de golpe. En lugar de calles desiertas como ahora, calles llenas de cadáveres. ¡No había ni sepultureros ni sitio para enterrarlos! Literalmente.

En gran parte fue tan devastadora porque los remedios que se usaron, por médicos y charlatanes --casi lo mismo por entonces--, eran a cada cual más disparatado, y sólo sirvieron para aumentar el número de muertos en lugar de reducirlos, y sirvieron muy bien para eso:

Exterminaron masivamente a perros y gatos, y no las ratas. Una medida muy apropiada... para propagar la enfermedad: Los gatos comían ratas. Al matarlos, la población de ratas se disparaba ayudando la peste.

Rezos, procesiones y peregrinaciones, que al poner en contacto masivo a la población ayudaban al contagio.

Exterminios de judíos, a quienes culpaban de envenenar el aire y los pozos de agua y provocar la enfermedad intencionalmente, con instrucciones de los rabinos. Especialmente judíos de Toledo. Que viajaban a todas partes para matar a todo el mundo. Estas masacres, por lo absurdas que eran hasta para él, trató de impedirlas el Papa mediante bulas. Pero no sirvió de nada. A los judíos los siguieron masacrando en masa, especialmente en Suiza, Alemania, Flandes y Francia. También en España, especialmente en el norte. En 1349, por ejemplo, en Estrasburgo solo, unos dos mil judíos fueron convertidos en ceniza en la hoguera.

Remedios médicos muy sensatos como hacer sangrías a los enfermos, debilitándolos más. Beber la pus de los bulbos de los enfermos –beberse directamente la enfermedad, vamos--. Bañarse en orina. Tratarse con olores de pedos hediondos guardados en tarros –la peste era una enfermedad fétida, en su absurda lógica algo semejante, algo maloliente, la eliminaría--.

Juntarse para cantar y mostrarse alegre. Irse de fiesta. Celebrando con júbilo para espantar la enfermedad con las risas.

Unirse a grupos de flagelantes, para ir dándose latigazos, y de paso ir culpando a los judíos de la enfermedad.

Y cosas peores. Que ni sabremos.



Cuando, decenas de lustros más tarde, vino la epidemia de la llamada gripe española a principios del siglo pasado --otra gran epidemia-- la medicina ya estaba menos ciega que en la edad media y, aunque el número de víctimas fue brutal, gracias a lo que habíamos aprendido fue infinitamente menor de lo que podría haber sido si se hubieran aplicado métodos semejantes a los que emplearon en el s. XIV.

PERO LAS MENTIRAS COCHINAS SIGUEN EXISTIENDO

Pues hoy, lamentable, vergonzosamente, siguen existiendo muchos charlatanes de esos. Como los de la Edad Media. Venden productos milagro que no curan nada, que incluso empeoran las cosas.

Pero ya no estamos en la Edad Media. La humanidad ha salido de la oscuridad. Con mucha dificultad la ciencia se ha abierto camino, y la medicina cura enfermedades y ha aumentado la esperanza de vida notablemente.

Por eso debemos denunciar a esos charlatanes. Bien claro y bien alto. Sin miedo. Con contundencia:

La homeopatía, la acupuntura, la quiropaxia, la naturopatía, la medicina tradicional china, etc, son estupideces que no curan nada. Utilizan disfraces elegantes --botes caros-- para ocultar lo ridículas que son sus bases, sus principios. En el mejor de los casos son inocuas, pero en muchos otros pueden agravar las enfermedades.




Salud y no Enfermedad

Paz y no Guerra

República y no Tiranía

miércoles, 8 de enero de 2020

LEONES EMPACHADOS DE SANTOS

Salud

No hace muchos días el santo Papa –aunque no sé si es correcto llamar al Papa santo, al menos hasta que no lo santifiquen muchos años después de que se muera-- parece que perdió los estribos ante sus feligreses. Una anciana lo agarró de la mano muy afectuosamente. Tanto cariño que el Papa se zafó con un manotazo violento. Y pidió perdón, el Papa, unos días después. Y salió en las noticias.

¡Qué bueno es el Papa, pidiendo perdón!

¿Mendigarán algún día indulgencia por sus muchas mentiras cochinas?

Por ejemplo, creencia extendida y popular es que en sus inicios los cristianos sufrieron un acoso monumental por parte de los romanos. Que casi sistemáticamente los metían en masa en el coliseo para que los devorasen los leones. En un espectáculo atroz, dantesco y sangriento. Estarían bastante gordos y bien alimentados esos leones. Con tanta carne de cristianos mártires disponible. Carne santa. Santos que irían al cielo todos por la vía rápida. Colapsando de golpe las puertas de San Pedro, y sus servicios de aduanas. Mucho cuidado habrían de gastar para que, aprovechándose del barullo, no se les colase ningún malhechor pagano destinado al infierno pero con pasaporte falso.

Pues mentira. Mentira cochina. Esos leones no tenían tanta carne disponible. Y menos carne santa de mártires.

<<History, which undertakes to record the transactions of the past for the instruction of the future ages, would ill deserve that honourable office if she condescended to plead the cause of the tyrants, or to justify the maxims of persecution.>> Edward Gibbon, The Decline and Fall of the Roman Empire.



Edward Gibbon fue todo un personaje. Escribo de memoria, y no sé con seguridad si fue su vida o no de esa manera. Sí lo es en mi recuerdo. Y si no lo fue así en realidad fue parecido o no importa. 

Su padre gozaba de una situación económica muy holgada. Quería que fuera sacerdote. Algo que Gibbon detestaba. Por eso, a regañadientes, acabó metido en estudios de “teología”. Eso le abrió las puertas de los libros clásicos. Ya sabemos. Esos que todos hemos disfrutado al leerlos más de una vez. De los que nos hablaban todos los días en las clases del colegio. Que tanto nos han hecho madurar y ver las cosas con mayor claridad, y darnos cuenta de eso. Sí, darnos cuenta de que todo es mentira cochina. Herodoto, Tucídides, Suetonio, Tácito, Plutarco, Salustio, Tito Livio, etc

A su vez, tal y como el mismo Gibbon cuenta, quedó tan impresionado al visitar Roma que decidió dedicar su vida, para disgusto de su familia, a comprender cómo había sido posible la caída del imperio romano. Quería averiguar las causas que habían llevado a arruinarse y perderse a una civilización capaz de construir las maravillas que vio en esa ciudad.

Así que en lugar de dedicarse a entender y predicar la fé –las mentiras cochinas de la iglesia--, cuando falleció su padre y heredó su fortuna, Gibbon se dedicó a entender y a predicar la verdad histórica.

Su forma de trabajar fue ejemplar. Siempre acudiendo a las fuentes. Siempre poniéndolo todo patas arriba y en entredicho. Su lenguaje era cuidado, rico, preciso y elegante. Tanto que siguen hoy muchos imitándole e inspirándose en él. Sus conclusiones fueron revolucionarias y, aunque desfasadas, en general correctas. Más teniendo en cuenta la época y los medios con los que contaba.

Creo recordar que era en los capítulos 15 y 16 de su primer volumen donde se centraba en el cristianismo y en sus mártires, y explicaba cabalmente que la persecución masiva de la que los cristianos se habían hecho víctimas era falsa –vamos, mentira cochina--. Los romanos los habían tratado en general con tolerancia –General Principle of Toleration--. Como a las demás religiones. Los mártires prácticamente se los habían inventado. Contra cristianos, sólo había habido unas pequeñas persecuciones menores, casi insignificantes, y que habían provocado muy pocas víctimas. La intolerancia era propia de los cristianos. No de los romanos ni de los paganos.

Leí su obra hace unos lustros. Quedando, como muchos que la han leído, sorprendido e impresionado. No entendía, y sigo sin entender, cómo era posible que más de doscientos años después de la publicación de ese libro las mentiras cochinas siguieran y sigan imperando muy por encima de la verdad.  No comprendía cómo hasta en la liberal Francia ese libro había sufrido censura hasta finales de la década de los 60 del siglo pasado.

Y sigo sin comprender.

Pero así son las cosas.

Gibbon se empeñaba en destapar y destruir las mentiras cochinas.

La mayoría se empeña en lo contrario. En perpetuarlas. Para la vergüenza colectiva.

Un libro actual para leer y disfrutar de forma amena de la verdad íntegra:

<<La edad de la penumbra: Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico.>>, De Catherine Nixey 

Salud

Paz

República